Por Carlos Piccone Camere (*)
“Hope” is the thing with feathers —
That perches in the soul —
And sings the tune without the words —
And never stops — at all —
Emily Dickinson
Término polisémico, «esperar» reúne en español sentidos muy próximos y, a la vez, de muy diverso calibre. Puede significar aguardar, confiar, desear, contenerse o permanecer a la expectativa ante aquello que escapa a nuestro control. En la tradición cristiana, además, remite a una de las tres virtudes teologales: la esperanza. Esta imprime a la espera una orientación confiada, permite leer el presente más allá de sus contingencias y suscita una conducta responsable ante un mañana incierto.
Karl Barth, teólogo protestante suizo, opositor del nazismo y una de las voces cristianas más influyentes del siglo XX, aconsejaba a los jóvenes teólogos: «Tomen la Biblia y el periódico, y lean ambos» (Time, mayo de 1963). La novedad de la recomendación estaba en esa lectura conjunta. Barth advertía contra una interpretación bíblica sin arraigo histórico, incapaz de dejarse interpelar por los acontecimientos de su tiempo; a la vez, pedía leer las noticias a la luz de la fe. La frase recoge bien una manera de comprender el cristianismo que el Concilio Vaticano II expresaría mediante la célebre categoría de los «signos de los tiempos» (Mt 16,3; Gaudium et spes, 4), esto es, discernir en los acontecimientos de la historia los indicios de la presencia y de la acción del Espíritu de Dios a la luz del Evangelio.
Ahora bien, el periódico que Barth tuvo entre las manos difiere bastante del que hoy cabe en la pantalla de un teléfono. Las plataformas digitales colocan las noticias unas junto a otras según las reacciones que provocan, el número de clics que reciben y el tiempo durante el cual consiguen retener nuestra atención. Basta deslizar unas veces el dedo sobre la pantalla para pasar de los terremotos que han devastado Venezuela a las multitudes que vitorean a sus selecciones en el Mundial; de la proclamación de Keiko Fujimori como presidenta electa del Perú a los festejos por los 250 años de la independencia de los Estados Unidos; de las guerras que siguen destruyendo ciudades y expulsando poblaciones a la visita de León XIV a Lampedusa, expresión de cercanía y apoyo a quienes arriesgan la vida en las rutas migratorias del Mediterráneo. La anunciada visita del papa al Perú en noviembre aparece, a su vez, junto a conflictos que reabren antiguas fracturas, como las consagraciones episcopales realizadas por la Fraternidad Sacerdotal San Pío X sin mandato pontificio. En el scroll interminable, tragedias, celebraciones y conflictos se suceden sin otra jerarquía que la impuesta por el algoritmo. Apenas hemos comenzado a asimilar una noticia cuando la pantalla ya nos ofrece la siguiente.

Las imágenes provenientes de Venezuela siguen causando dolor e impotencia. Edificios reducidos a escombros, proyectos de vida sepultados bajo toneladas de concreto y miles de familias que recorren hospitales, morgues y centros de atención en busca de noticias sobre los desaparecidos. Con el paso de los días, la espera se vuelve cada vez más difícil de sobrellevar. La esperanza de encontrar con vida a quienes faltan va cediendo, en muchos casos, ante la posibilidad de al menos recuperar sus restos, confirmar su identidad y, aunque resulte desgarrador, asumir el duelo.
El rescate de Hernán Alberto Gil Flores ofreció un breve alivio en medio de la devastación. Después de permanecer ocho días atrapado bajo los restos de un centro comercial en Catia La Mar, fue hallado con vida por un equipo internacional de rescatistas. La noticia contrastaba con la magnitud de las pérdidas y con la espera de tantas familias que aún buscaban a los suyos.
Los terremotos recuerdan una realidad aplicable a los desastres naturales en general; sus consecuencias dependen también de decisiones adoptadas antes de que se produzcan. La calidad de las construcciones, el cumplimiento de las normas, la preparación de los servicios de emergencia, la disponibilidad de equipos y la distribución de la ayuda influyen directamente en el número de víctimas. En el Perú, las previsiones sobre el fenómeno de El Niño obligan a actuar desde ahora para reducir sus posibles efectos. A ello se añade la conducta de quienes encuentran en la desgracia ajena una ocasión para el lucro, el saqueo o el desvío de recursos. La fuerza de la naturaleza deja intacta la responsabilidad política y obliga a examinar qué puede prevenirse y qué debe reformarse.
Volvamos a Barth, a la Biblia y al periódico. Numerosos pasajes de las Escrituras grafican bien la espera. Abraham, de quien Pablo dirá que «esperó contra toda esperanza» (Rom 4,18), recibe la promesa de una descendencia cuando la edad parecía haber cerrado toda posibilidad. Noé construye mientras nada anuncia todavía la llegada del diluvio; Israel pasa cuarenta años en el desierto; Simeón envejece aguardando ver al Mesías. Los discípulos viven también el tiempo que media entre la muerte de Jesús y la mañana de Pascua, cuando la promesa parece desmentida por los hechos. En estos relatos, la esperanza acompaña dudas, decisiones que desafían la lógica, pérdidas dolorosas y fidelidades perseverantes.
La espera conoce, además, ritmos muy diversos. El hilado andino exige destreza, memoria y paciencia; ciertos alimentos, una cocción lenta; el vino, fermentación y reposo; la semilla, el compás de las estaciones; la gestación, meses de cuidado, estupor, temores naturales y ternura, sujetos a un tiempo propio.
La literatura ha explorado también el valor de la espera. Penélope aguarda durante veinte años el regreso de Odiseo; entre tanto, teje y desteje, administra la casa y protege la posición de Telémaco. Su espera tiene una dimensión afectiva, pero también política, pues mantiene en suspenso la disputa por el poder en Ítaca. Robinson Crusoe convierte el tiempo de la isla en trabajo, cálculo y supervivencia. El coronel de García Márquez, por su parte, aguarda una pensión prometida por un Estado que parece haberlo olvidado. Al comenzar la novela, raspa el fondo del tarro para preparar con los últimos restos de café una taza para su esposa, mientras él finge haber bebido ya. Tal vez esperar consista también en eso: raspar el fondo de las convicciones que dan sentido a una vida y descubrir que todavía queda algo con qué atravesar el día.
En el Perú, que dista de ser una excepción, los familiares de personas asesinadas o desaparecidas durante el periodo de violencia política y conflicto armado interno llevan décadas esperando información, identificación de restos, justicia y reparación. El tiempo administrativo prolonga la herida cuando los expedientes no avanzan y las respuestas llegan de manera fragmentaria. Algo semejante ocurre en los servicios de salud, donde muchos enfermos aguardan durante semanas, meses o incluso años una cita, un examen o una intervención, mientras la enfermedad avanza más rápido que los plazos del sistema. Pedir paciencia a quienes han esperado demasiado puede convertirse en una nueva afrenta.
Algo semejante ocurre con las víctimas de abuso. Algunas personas comprenden desde el inicio la gravedad de lo vivido; otras necesitan años para ordenar los recuerdos, encontrar palabras, vencer el miedo o reconocer que aquello que padecieron constituyó un abuso. Cada proceso merece respeto. Las instituciones, y de manera especial la Iglesia, deben estar preparadas para escuchar, investigar y responder aunque la denuncia llegue décadas después.
Los griegos distinguían entre chronos, el tiempo que puede medirse, y kairós, el momento oportuno. La distinción ayuda a comprender que unas realidades requieren maduración, mientras otras reclaman una respuesta inmediata. Una persona puede tardar años en nombrar un abuso; la institución que finalmente la escucha debe actuar sin dilaciones. La paciencia deja de ser virtud cuando sirve para encubrir la indiferencia o postergar la justicia.
Nuestra reciente espera electoral ofrece otro ejemplo. La proclamación de Keiko Fujimori cerró el procedimiento y abrió una etapa de vigilancia ciudadana. El resultado merece ser reconocido sin renunciar al examen crítico del nuevo gobierno, especialmente en un país cuya memoria política aconseja cautela frente a cualquier forma de concentración del poder o debilitamiento institucional.
Aquellas semanas dejaron también al descubierto nuestra escasa tolerancia frente a la demora. La inquietud ante un mensaje sin respuesta, el peso atribuido al «visto» o la impaciencia frente a una página que tarda unos segundos en cargar forman parte de una misma cultura de la inmediatez (Bauman, Turkle, Han, Wajcman). Las redes acentúan esa disposición al conducirnos, casi sin pausa, de una imagen a otra y de una indignación a la siguiente. Sus efectos se perciben asimismo en las aulas, donde captar y mantener la atención, seguir un razonamiento y problematizar una cuestión sin reducirla a explicaciones simplistas exigen cada vez más esfuerzo, tanto a estudiantes como a profesores.
Esperar con esperanza supone reconocer que cada realidad tiene su tiempo. Algunos procesos requieren maduración; ciertas demoras, en cambio, prolongan el dolor y ya no admiten excusas. La esperanza cristiana conduce a respetar el ritmo de las personas y a apremiar a las instituciones cuando está en juego la dignidad de quienes esperan.
El pájaro del poema de Dickinson continúa cantando sin palabras. Puede escucharse entre los escombros, en la espera de una familia, en el testimonio que una víctima logra pronunciar después de décadas o en la atención crítica ante un nuevo gobierno. Esperar contra toda esperanza es confiar en un futuro siempre abierto y trabajar para que la indiferencia, el abuso o la muerte no tengan la última palabra.
(*) Profesor del Departamento Académico de Teología de la PUCP; doctor en Historia de la Iglesia por la Universidad de Londres.



