Por Félix Reátegui Carrillo (*)
El uso político del pasado es por lo menos tan antiguo como los 10 mil hexámetros que Virgilio dedicó a inventar un abolengo para el reinado de Augusto. En su fase contemporánea, podríamos rastrear la notoriedad de esa táctica hasta los años 1990, cuando los líderes serbios resucitaron viejas historias del dominio otomano para incendiar a la antigua Yugoslavia. Su momento actual —que dura ya un cuarto de siglo— puede haber comenzado cuando los atentados del 11 de septiembre de 2001 motivaron al segundo George Bush a declarar la «guerra contra el terror».
José Ragas y Charles Walker han hecho recientemente un inventario de esas prácticas en el Perú del siglo XXI. En Las guerras de la historia. El uso político del pasado en el Perú repasan distintas formas de evocar, reinterpretar, inventar y utilizar la historia para apuntalar proyectos políticos. Se trata mayormente de usos del pasado por una derecha cada vez más extrema y con propósitos que van desde legitimar el autoritarismo fujimorista hasta desechar reclamos y políticas de diversidad e inclusión. Pero no todos son proyectos de derecha; también entran en la cuenta recuperaciones o relecturas del pasado que desafían las comprensiones hegemónicas de la historia del país o de su presente neoliberal. En todos los casos, una inquietud queda abierta: ¿qué tanta eficacia tiene todo aquello en el funcionamiento real de la política en el Perú? O, en un plano más teórico, ¿cómo se traslada esta dimensión simbólica de la contienda social hacia el sistema de formación de decisiones públicas que es la política en la práctica? Son preguntas que, ciertamente, no le correspondía tratar al breve panorama de ideas que ofrece Las guerras de la historia, pero que el libro deja abiertas.
El muestrario que presentan Ragas y Walker comprende cinco instancias. La primera involucra un pasado no tan antiguo, aunque ya sea historia y no recuerdo para una o dos generaciones. Se trata del revisionismo fujimorista sobre el régimen autoritario de los años 1990. Necesitaban ese revisionismo para lijar la capa de oprobio que cubrió a ese conglomerado tras la huida de su caudillo y el rastro de corrupción y crímenes de sangre que dejó en su fuga. Tomó al fujimorismo más de una década y le fue necesario controlar prácticamente todos los resortes del poder para relativizar su historia criminal y conseguir que, ahí donde antes se leía “violaciones de derechos humanos,” ahora se lea “mano dura contra el crimen”. La transformación es relativa: por un lado, siempre hubo un público admirador o tolerante del uso abusivo del poder; por otro lado, tampoco se puede decir que la imagen patibularia del fujimorismo haya quedado desechada: un triunfo electoral por menos de medio punto porcentual no habla de una imagen saneada del fujimorismo en 2026. Hasta aquí, no hay evidencias de que esa “guerra de la historia” haya tenido realmente un ganador, por más que el desenlace electoral de este año sugiera algo distinto.
El segundo ejemplo que tratan Ragas y Walker es el de la reapreciación de la figura de José Gabriel Condorcanqui, Túpac Amaru. Ya se sabe que esa revaloración data del gobierno militar de 1968-1980, y en particular de la primera fase, presidida por Velasco Alvarado. De hecho, este puede ser el más interesante momento de recuperación y reinterpretación del pasado porque el renacimiento simbólico de Túpac Amaru implica, más allá de la exactitud o inexactitud del registro, una relectura fundamental del canon histórico y un replanteamiento de la imagen criolla de la República. Pero además se podría decir, observando la actual presencia pública de Túpac Amaru que documentan los autores, que es el único de los cinco momentos repasados que tiene una potencial relevancia cultural: acicate de movimientos sostenidos en el tiempo y, a la larga, ingrediente de una cierta subjetividad política. Viene a la memoria la manera como Alain Touraine entendía la noción de movimiento social: como desafíos a la historicidad.
También la renovada vigencia de Velasco Alvarado —tercera instancia examinada en el libro— tiene un sentido antihegemónico. Obviamente, ha ayudado a esa nueva presencia en la última década el cumplimiento de varios cincuentenarios: del inicio mismo del velascato, y, sobre todo, de la reforma agraria y sus electrizantes lemas: “campesino, el patrón ya no comerá más de tu pobreza” bien puede ser uno de los más exitosos eslóganes políticos de la historia nacional. El caso de Velasco da la ocasión para preguntas de mayor calado. Una de ellas, presente en la reflexión de Ragas y Walker, es la de la posible tensión entre el recuerdo de las políticas incluyentes e incluso democratizantes del régimen y el hecho indiscutible de que se trató de una auténtica dictadura militar (de la que tampoco estuvo ausente la corrupción, que mantuvo una relación vertical, autoritaria y paternalista con sindicatos y otras formas de organización popular, y que también dejó una profunda crisis económica tras su paso). Es posible preguntarse si realmente existe tal tensión o si para un enorme contingente de la población la promesa de inclusión es un valor absoluto, frente al cual la democracia siempre es negociable. Con esto no se señala nada novedoso: después de todo, este es, mutatis mutandi, un esquema de valoración análogo al de la base fujimorista, y, siendo crudamente realistas, tampoco se puede asegurar que el amplio contingente que salió a las calles a protestar por la destitución de Pedro Castillo habría protestado si el golpe de Estado de Castillo hubiera prevalecido y se hubiera instaurado una dictadura.
Otra pregunta, más sociológica que política, podría referirse al sentido latente de la recuperación de la figura de Velasco Alvarado; por ejemplo, si, más allá de la reivindicación de reformas concretas, esto es una reacción cultural a la regresión elitista que experimenta desde hace años el espacio público peruano, donde incluso expresiones de crudo racismo circulan sin recibir sanción social, y menos aún institucional.
La cuarta “guerra de la historia” que se considera es, esperablemente, la enfocada en la violencia armada de los años 1980 y 2000 y, más específicamente, en la búsqueda oficial de verdad realizada por la CVR y en la existencia del LUM. No era, mirado desde cierta perspectiva, tan predecible que una investigación sobre el pasado violento se mantuviera vigente y fuera objeto de discusiones virulentas un cuarto de siglo más tarde. Además, según muestran encuestas profesionales y sondeos al paso, lo expuesto por la CVR y el LUM es apenas conocido superficialmente por un minúsculo sector de la población. Por ello cabe preguntarse qué está realmente en juego en esta discusión, más allá de consecuencias prácticas como el procesamiento judicial de crímenes y las reparaciones para las víctimas. Una interrogación a fondo de este tema —y, una vez más, eso no es tarea de este libro— debería desentrañar de modo sistemático el funcionamiento metonímico de la historia de la violencia; es decir, si y de qué modo la verdad sobre el conflicto armado interno, sus raíces, los crímenes cometidos, las responsabilidades incurridas, la demografía de la muerte, las pozas de sevicia en los que nadaron terroristas y agentes del Estado afectan o no a la autocomprensión social, refrendan o socavan el sentido común. Es decir, ¿qué se discute realmente cuando se discute sobre las lecturas del conflicto?
Finalmente, Ragas y Walker se ocupan de un tema de evidentes conexiones con el ascenso global de la ultraderecha y su fijación con la “batalla cultural”. En el caso peruano —aunque tal vez habría que decir en el caso iberoamericano— esto tiene la forma de un revisionismo de la historia colonial en el que está en juego, de hecho, la misma denominación del periodo: ¿fue virreinato o fue colonia? Estas cuestiones, como se sabe, están vinculadas con lo que en España aparece, de la mano de grupos como Vox, como un “combate a la imperiofobia”: en España, una guerra contra quienes rechazan el culto al pasado imperial; en América, una guerra contra quienes denuncian la extremada violencia de la “conquista” y los siglos de expoliación colonial. Y aquí es donde, siempre en el plano global, el revisionismo proimperial se da la mano con otras tendencias: una es la hostilidad conservadora al reconocimiento de la diversidad étnica y los derechos de pueblos indígenas, que presentan como amenazas al Estado-nación; otra es el auge de historiadores amateurs y con una clara agenda política, agentes de verdades alternativas promovidos por gobiernos de ultraderecha, y una audiencia que habita en las diversas plataformas digitales y que tiene distintas pautas de validación y nociones insólitas de la verdad o, más que eso, de la importancia de la verdad.
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El panorama que dibujan Ragas y Walker es particularmente interesante, en primer lugar, porque permite observar ordenadamente un estrato de la política y de la defensa de la democracia que el sentido común percibe usualmente, pero sin notar sus contornos precisos. Una comprensión mayor de esto, naturalmente, requiere una reflexión teórica sobre el lugar de lo simbólico como recurso de la acción política; es decir, entender algunos términos corrientes hoy en día, como narrativa y discurso, como formas de acción social y trazar los eslabones o mediaciones entre ello y otros componentes de la política, desde la ideología hasta el programa de gobierno o de resistencia al poder, pasando por culturas políticas y prácticas sociales. Es decir, se necesita establecer una comprensión conceptual sobre cómo la idea del pasado se traslada eficazmente a la acción, lo cual implica preguntarse, también, por la realidad demográfica de esas distintas versiones del pasado: ¿quiénes y cuántos son los que realmente se adhieren a una u otra?
Algo más compleja, pero no inescrutable, es la cuestión de qué lugar ocupan realmente esas ideas o representaciones del pasado en la experiencia de sus respectivos públicos. Esto supone preguntarse qué grados de sinceridad o de cinismo hay detrás de cada discurso, si las versiones asumidas del pasado son ideas o son creencias, si son discursos genuinamente asumidos o si son performances, a quién o a qué se le reconoce autoridad para otorgar o negar validez a una versión de la historia. Todo ello nos habla del sentido que para la gente pueden tener esas versiones y el papel que estas juega en su subjetividad y en su visión del mundo. Nos habla, en suma, de si y cómo el pasado es un ingrediente de la acción social. Estas preguntas se vuelven más necesarias si se considera que las redes digitales no solo han hecho más abarcadora y veloz la discusión pública de ideas (efecto cuantitativo), sino que también han alterado la estructura, las pretensiones de validez y hasta la noción misma de veracidad del discurso público, todo lo cual ha saltado de las pantallas a la realidad presencial. ¿Cuánto de las versiones del pasado más chocantes se aproxima, en el fondo, a un gesto disruptivo como el que despliega cualquier agente provocador (troll) en una discusión digital?
Para concluir, hay que decir que el panorama que presentan Ragas y Walker muestra, también, una apasionante intersección entre historia y memoria. No todo lo que es importante para el registro histórico es memoria. No todo lo que se convierte en memoria (en el sentido de retazos del pasado con significación colectiva) entra en el registro de la historia. Las cinco instancias de “las guerras de la historia” que presenta el libro corresponden a cinco momentos sobre los que existe amplio conocimiento académico y documentación objetiva; pero eso es solo el comienzo: ese pasado siempre será material maleable en el territorio del sentido común, de los intereses y de las expectativas, que es donde transita la memoria. Este libro invita a observar la repetida y problemática conjunción entre historia y memoria al mismo tiempo que nos recuerda sus categóricas diferencias.
(*) Sociólogo. Asesor e integrante de la Asamblea y del Consejo Directivo del IDEHPUCP.




