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Análisis 8 de septiembre de 2026

Laura Balbuena, PhD (*)

El 13 de agosto, un grupo de seguidores de Andrew Tate se reunió frente al centro de detención federal de Miami para exigir su liberación. Tate había sido detenido junto con su hermano Tristan mientras enfrenta un proceso de extradición al Reino Unido por cargos que incluyen violación y trata de personas, acusaciones que ambos niegan. La protesta tuvo pancartas, arengas y una forma bastante particular de expresar solidaridad: los asistentes comenzaron a hacer planchas en plena calle.

La escena es fácil de convertir en meme. Pero quizá valga la pena detenerse en ella. ¿Por qué un grupo de hombres elige una demostración de fuerza física para expresar públicamente su apoyo a otro hombre? Las planchas no ayudaban jurídicamente a Tate. No argumentaban a favor de su inocencia. Cumplían otra función: representaban un determinado ideal de masculinidad.

Tate es quizá el rostro más reconocible de la llamada manosphere, término que aquí prefiero traducir como machosfera. No se trata de una organización homogénea, sino de un ecosistema digital que reúne comunidades red pill, activistas antifeministas, antiguos artistas de la seducción, grupos incel y, cada vez más, influencers que ofrecen consejos sobre relaciones, ejercicio, dinero y desarrollo personal. Sus diferencias son muchas, pero buena parte de estos espacios comparte una visión jerárquica de las relaciones de género y la idea de que los hombres han perdido algo que deberían recuperar.

Sin embargo, mirar la machosfera solo por lo que dice sobre las mujeres deja fuera una parte fundamental de su funcionamiento. La machosfera no solo habla sobre las mujeres. Enseña a los hombres cómo ser hombres frente a otros hombres. Y, cada vez más, convierte esa enseñanza en una oportunidad de mercado.

Esa enseñanza encuentra terreno fértil porque la masculinidad suele funcionar como un estatus que debe ser demostrado. Joseph Vandello y Jennifer Bosson han llamado precariousmanhood -masculinidad precaria- a la idea de que la condición de hombre, más que darse por sentada, necesita ser ganada, reconocida socialmente, y continuamente revalidada. No basta, entonces, con ser hombre: hay que probar que se es suficientemente hombre.

En el Perú, Daniel Del Castillo describió hace más de veinte años una dinámica semejante en escolares limeños. En Los fantasmas de la masculinidad, publicado en 2001, sostiene que “todo salón de clases fabrica su lorna y su maricón”. No se trata simplemente de dos alumnos que casualmente ocupan los últimos lugares de una jerarquía. Del Castillo muestra cómo el grupo proyecta sobre ellos aquello que amenaza la propia masculinidad: debilidad, pasividad, sensibilidad, suavidad o feminización. Expulsar esos “fantasmas” hacia otro permite reafirmarse a uno mismo del lado correcto de la frontera masculina.

TikTok, YouTube o Andrew Tate no inventaron, por tanto, la ansiedad de no estar a la altura de lo que se espera de un hombre. Lo que sí cambia es la escala, la velocidad y la capacidad de monetización del ecosistema digital. Más recientemente, Manuela Albán, en un artículo publicado por La Colmena de la PUCP en 2024, mostró cómo el discurso red pillaprovecha la vulnerabilidad de hombres insatisfechos con su masculinidad y puede conducir hacia espacios con retóricas todavía más hostiles.

Un estudio reciente sobre el discurso de Tate encontró, además, algo especialmente revelador: la mayor parte de los contenidos escritos analizados no estaba centrada en las mujeres, sino en los hombres y la masculinidad. Dinero, riqueza, fuerza, poder, éxito sexual y reconocimiento aparecen como indicadores de una masculinidad deseable. Y el mensaje adopta la forma conocida de la autoayuda: primero se define qué le falta al hombre y después se le explica cómo transformarse.

Allí comienza el mercado: en la conversión de una ansiedad masculina en una ruta de consumo.

No se trata de diagnosticar individualmente a quienes consumen estos contenidos como “hombres inseguros”. El mecanismo es más interesante. Si existe una distancia entre el hombre que soy y el hombre que creo que debería ser, esa distancia puede convertirse en una oportunidad comercial. La machosfera ofrece un ideal -fuerte, disciplinado, deseado, exitoso, económicamente poderoso- y, al mismo tiempo, un itinerario para aproximarse a él.

Así, viejos mandatos masculinos reaparecen bajo lenguajes nuevos. El hombre proveedor no desaparece: se transforma en el emprendedor que alcanza la libertad financiera. El cuerpo fuerte se convierte en un proyecto de optimización permanente. El éxito con las mujeres funciona como prueba de valor. La capacidad de no necesitar a nadie aparece como independencia y dominio emocional. A la vieja obligación de ser hombre se suma ahora una industria que promete enseñar cómo conseguirlo.

Esto resulta particularmente visible en el auge de los llamados finfluencersinfluencers financieros que combinan consejos sobre dinero, emprendimiento o inversiones con discursos sobre estatus masculino. Una investigación publicada este año en Menand Masculinities muestra cómo ciertos contenidos de este tipo presentan la riqueza no solamente como éxito económico, sino como señal de una masculinidad superior. Ser rico, fuerte, disciplinado y deseado forma parte del mismo paquete aspiracional.

Durante décadas hemos dicho que la publicidad es aspiracional. Un automóvil, un perfume o una camisa no prometían solamente un objeto: prometían acercarnos a la persona que queríamos ser. En la machosfera, sin embargo, esa lógica se desplaza.

Antes se vendía un producto mediante una aspiración. En la machosfera, la masculinidad aspiracional es ella misma el producto.

No eres suficientemente fuerte: trabaja tu cuerpo. No ganas suficiente: cambia tu mentalidad. No tienes éxito con las mujeres: aumenta tu valor. No te respetan: aprende a liderar. Y para cada carencia puede aparecer un curso, una mentoría, una membresía, una estrategia de inversión, una comunidad o un gurú que promete acercarte al hombre que deberías ser.

Eva Bujalka, Tim Rich y Stuart Bender han descrito esta dinámica como una suerte de protection racket: determinados líderes de la machosfera producen ciclos de inseguridad y seguridad en los que ofrecen protección frente a amenazas que sus propios discursos contribuyen a intensificar. La sensación de carencia atrae al seguidor; la promesa de transformación lo mantiene dentro.

Y ahí aparece la trampa final. Si la masculinidad debe demostrarse continuamente, nunca existe un punto definitivo de llegada. Siempre habrá alguien más rico, más musculoso, más exitoso, más deseado, más disciplinado. Siempre quedará un nuevo aspecto por optimizar.

Regresemos entonces a las planchas de Miami. Quizás quienes las hacían no estaban mostrando solo apoyo a Tate. Estaban representando, ante otros hombres, una masculinidad que habían aprendido a reconocer: fuerza, disciplina, resistencia, lealtad. La paradoja es difícil de ignorar: un discurso obsesionado con producir hombres independientes genera, al mismo tiempo, una necesidad constante de demostrar ante los demás que se es suficientemente hombre.

Para un mercado, difícilmente podría existir un producto mejor. Porque la mercancía no es solamente el curso, la mentoría o la membresía: es la promesa de llegar a ser suficientemente hombre. Y mientras esa promesa permanezca siempre un poco fuera del alcance, también seguirá abierta la posibilidad de vender una nueva respuesta a la misma carencia.

(*) Laura Balbuena es Ph.D. y Magíster en Ciencia Política por The New School for Social Research de Nueva York y Bachiller en Filosofía por la Pontificia Universidad Católica del Perú. Ha sido docente de filosofía política y estudios de género en universidades del Perú, Estados Unidos y Canadá, y durante casi veinte años ha trabajado promoviendo el intercambio académico entre el Perú y los Estados Unidos. Su investigación y sus publicaciones exploran las relaciones entre género, política y violencia. Actualmente se encuentra dedicada a la investigación y la escritura.