19/05/2020

[Editorial] Cuarenta años después

Imagen: revistaideele

Hace cuarenta años, el 17 de mayo de 1980, se produjo en Chuschi, Ayacucho, la primera acción armada de la organización que sería conocida como Sendero Luminoso. Ese acto de sabotaje electoral inició un periodo de violencia que en el curso de dos décadas cobraría casi 70 mil vidas. Recordar ese episodio debe ser, por lo tanto, en primer lugar, una conmemoración de quienes fueron víctimas directas de Sendero Luminoso, y también de quienes fueron victimados por el Estado en medio del conflicto desatado por esa organización.

Sendero Luminoso está alojado en nuestra historia como un emblema de la atrocidad impulsada por el fanatismo político. Es un fenómeno excepcional por su brutalidad, por el inhumano radicalismo de su ideología. Por otro lado, Sendero Luminoso fue quizá el último hito del ciclo de la revolución armada en América Latina, un proceso variopinto, heterogéneo en sus causas, modos y consecuencias, en el cual, una vez más, Sendero Luminoso aparece como excepcional por su negativa a toda transacción: no tenía una agenda política; tenía un deseo no negociable de destrucción del Estado. Algo compartió, sin embargo, y para su mayor descrédito, con esa tradición latinoamericana: la táctica de camuflarse entre la población civil e incitar pérfidamente al Estado a ejercer violencia contra ella.

Pero pese a toda su aparente excentricidad, y sin que ello mitigue su responsabilidad penal y moral, Sendero Luminoso fue también una dimanación de la sociedad peruana, y su temprano, si bien limitado, arraigo en el campo, no se explica sin las profundas inequidades, sin las fosas de incomprensión, sin la anemia del tejido político y de la cultura democrática de entonces y de ahora. Subsiste una enconada discusión sobre cómo denominar al periodo de violencia armada iniciado por Sendero Luminoso. Hay quienes no admiten otra denominación que terrorismo. Es una denominación errónea por insuficiente. Es una denominación que, paradójicamente, resulta negadora de la amplia y grave variedad de delitos imputables a dicha organización, muchos de los cuales alcanzaron el estatus de crímenes contra la humanidad. La obtusa insistencia en esa denominación reductora y simplista es, por lo demás, ilustrativa de las secuelas dejadas por Sendero Luminoso en nuestra cultura política.

Sendero Luminoso fue merecidamente derrotado. Pero en el camino a su derrota consiguió persuadir al Estado peruano –a los presidentes de la época: Belaunde, García, Fujimori– de que el terror se combate con el terror. Los convenció de que la política es un combate entre la razón revolucionaria y la razón de Estado y de que en ese combate la vida humana –sobre todo la de los pobres, los no instruidos, los marginados– es solo un instrumento. Ese fue su pasajero triunfo. Esa fue nuestra peor derrota.

Sendero Luminoso fue merecida, categórica, indiscutiblemente derrotado. Pero las secuelas de su acción armada, de sus sabotajes, de sus asesinatos y masacres, no se disipan del todo. Ahí están, para recordárnoslo, sus numerosas víctimas, todavía desatendidas. Pero ahí está, también, esa degradación del lenguaje público, del discurso civil, que, paradójicamente, ha sido heredada y cultivada por el otro extremo del espectro político. La acusación de terrorista a todo el que reclame legalidad, respeto a los derechos fundamentales, democratización, es pariente no muy lejana de esas prácticas de aniquilación simbólica que Sendero Luminoso desencadenaba antes de liquidar físicamente a sus víctimas. Esa es una secuela inesperada de la violencia. Sendero Luminoso fue derrotado y salió casi completamente de escena, pero no sin dejar ese obsequio de intolerancia –la estigmatización de todo cambio—a un sector del Perú conservador de privilegios y desigualdades. Dejar atrás la violencia de Sendero Luminoso iniciada hace cuarenta años, desechar definitivamente esa invitación a la barbarie, demanda, también, asear el lenguaje de nuestra vida en común.

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